

En los últimos años, Panamá ha sido citada con frecuencia como una de las democracias más estables de Centroamérica. Sin embargo, desde finales de 2023, esa reputación se ha visto puesta a prueba por una convergencia de conflictos sociales, ambientales e institucionales que han llevado a decenas de miles de personas a las calles.
En el centro de este malestar surgen preguntas que van mucho más allá de una ley o sector específico:
¿Quién participa en las decisiones nacionales?
¿Cómo trata el Estado la disidencia y la participación cívica?
¿Y qué ocurre cuando las instituciones responden a la protesta con castigo en lugar de diálogo?

Listen to our interview with teacher Ivin Henriquez in English: https://pledge4peaceorg.substack.com/p/when-teachers-are-punished-for-defending En octubre de 2023, la Asamblea Nacional de Panamá aprobó una concesión de largo plazo que permitía la reapertura de Cobre Panamá, una mina de cobre a cielo abierto operada por First Quantum Minerals. El proceso de aprobación fue rápido y con limitada consulta pública, lo que generó preocupación inmediata entre ambientalistas, sindicatos, comunidades indígenas y docentes.
La mina se ubica cerca de ecosistemas biodiversos, y el escepticismo público se vio influenciado por fracasos mineros anteriores. La mina de oro Molejón, por ejemplo, colapsó financieramente en 2015, dejando daños ambientales y salarios impagos. Evaluaciones independientes previas a 2023 ya advertían que la regulación minera en Panamá carecía de salvaguardas adecuadas para el cierre de minas y la supervisión ambiental.
Las protestas se extendieron a nivel nacional, afectando el comercio y la vida cotidiana. Según reportes de medios internacionales como Associated Press y AFP, los enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad resultaron en arrestos, heridos y varias muertes.
El 28 de noviembre de 2023, la Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucional el contrato minero de forma unánime, citando violaciones a principios constitucionales. El fallo fue visto ampliamente como una victoria de la presión ciudadana y de la independencia judicial.
El conflicto no terminó ahí.
Durante la campaña presidencial de 2024, los principales candidatos se comprometieron públicamente a respetar el fallo judicial. José Raúl Mulino ganó la presidencia en mayo de 2024 con un discurso centrado en la estabilidad y la recuperación económica.
Sin embargo, a finales de 2024, el presidente Mulino anunció planes para reactivar la mina, argumentando necesidad económica. La mina había aportado previamente cerca del 5% del PIB de Panamá. Para muchos panameños, este giro profundizó la desconfianza en los compromisos políticos y reforzó la percepción de que los intereses económicos estaban por encima de la participación democrática.
En marzo de 2025, el gobierno aprobó la Ley 462, una reforma al sistema de seguridad social. Las autoridades la presentaron como necesaria para evitar la insolvencia. Sus críticos, incluidos sindicatos y docentes, argumentaron que aumentaría las contribuciones, debilitaría las pensiones y abriría la puerta a la privatización.
La reacción pública fue inmediata. Encuestas citadas por medios regionales indicaron que más del 80% de la población se oponía a la reforma. Los docentes iniciaron una huelga indefinida, a la que se sumaron trabajadores de la construcción, estudiantes y organizaciones indígenas. Las escuelas cerraron, los proyectos de construcción se paralizaron y los bloqueos viales interrumpieron el transporte en todo el país.

Los docentes se convirtieron en uno de los grupos más visiblemente afectados.
Según testimonios de educadores y reportes corroborados por medios locales e internacionales, muchos docentes que participaron en protestas pacíficas enfrentaron sanciones administrativas. Estas incluyeron retención de salarios, suspensiones y despidos sin explicaciones completas ni debido proceso.
Las autoridades educativas argumentaron que el cierre prolongado de escuelas justificaba las medidas disciplinarias. Los docentes sostienen que castigar la participación cívica pacífica viola la Constitución y convenios internacionales de la Organización Internacional del Trabajo.
Más allá del impacto individual, las consecuencias alcanzaron al estudiantado. Comunidades rurales y vulnerables sufrieron interrupciones prolongadas en la educación, y los centros educativos perdieron personal con experiencia. UNICEF y organizaciones educativas han advertido que la inestabilidad docente afecta de manera desproporcionada a estudiantes de bajos ingresos e indígenas.
El impacto de las protestas no ha sido uniforme.
En provincias como Bocas del Toro, con fuerte presencia indígena Ngäbe, las manifestaciones fueron respondidas con medidas de seguridad intensificadas. En mayo y junio de 2025, el gobierno declaró estados de emergencia, suspendiendo temporalmente derechos constitucionales relacionados con la reunión y la movilidad.
Imágenes de AFP desde Changuinola mostraron a la policía antidisturbios utilizando armas de control de multitudes contra manifestantes. Organizaciones de derechos humanos expresaron preocupación por el uso excesivo de la fuerza y el efecto disuasorio sobre la protesta legítima.
El sindicato de la construcción SUNTRACS, que desempeñó un papel clave en la organización de las protestas, enfrentó presión legal y financiera. Sus cuentas bancarias fueron congeladas, sus oficinas allanadas y sus dirigentes acusados de delitos graves. Representantes sindicales y federaciones laborales internacionales calificaron estas acciones como políticamente motivadas.
En un caso emblemático, el dirigente de SUNTRACS, Saúl Méndez, solicitó asilo en el extranjero tras emitirse órdenes de captura contra la dirigencia sindical. El episodio atrajo atención internacional y reforzó temores sobre la reducción del espacio cívico.
Muchos panameños señalaron que la cobertura mediática nacional sobre las protestas y la represión fue limitada. Medios internacionales como AP, AFP y publicaciones regionales ofrecieron reportajes más amplios, que circularon ampliamente en redes sociales.
Esta dinámica generó preocupaciones sobre transparencia y rendición de cuentas. En las democracias, el periodismo independiente es clave para informar a la ciudadanía y fiscalizar el poder. La cobertura reducida puede profundizar la polarización y la desconfianza.
La crisis en Panamá no se limita a la minería o las pensiones. Refleja una lucha más profunda por la participación democrática, la rendición de cuentas institucional y el derecho a protestar sin temor a represalias.
Docentes, estudiantes, comunidades indígenas, sindicalistas y ciudadanos comunes se han visto afectados de distintas maneras. Al mismo tiempo, el gobierno sostiene que debe garantizar la estabilidad económica y el orden público.
Ambas realidades coexisten. Las soluciones sostenibles requieren diálogo, transparencia y respeto por la dignidad humana.
En todo Panamá, la ciudadanía ha propuesto rutas institucionales y no violentas para avanzar. Estas incluyen la reincorporación de docentes despedidos, la mediación laboral internacional, investigaciones independientes sobre el uso de la fuerza policial, auditorías ambientales transparentes y la creación de foros nacionales de diálogo inclusivo.
Estas propuestas no buscan confrontación. Buscan justicia.
Las organizaciones, instituciones y responsables de políticas fuera de Panamá también tienen un papel que desempeñar. Escuchar soluciones ciudadanas, promover el cumplimiento de estándares internacionales y apoyar la mediación pacífica puede ayudar a prevenir una mayor escalada.
La democracia no se preserva con el silencio. Se preserva con rendición de cuentas, participación y diálogo.
El futuro de Panamá debe construirse mediante la participación cívica pacífica, no a través del miedo ni la exclusión.
Invitamos a personas, organizaciones e instituciones a conocer las soluciones propuestas por la ciudadanía y a sumarse a un llamado global por la justicia, la democracia y la dignidad.
La paz comienza cuando las personas son escuchadas y las instituciones responden con justicia.

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